Sucede en Iztapalapa

La primera vez es la más difícil…

 

Es hipnótico sentir cómo el cuchillo resbala delicadamente, separando el músculo del hueso. La práctica en la carnicería hace más fácil el destazarlo. 

 

El humo de mi cigarrillo sube parsimoniosamente mientras hago el trabajo; he tratado de dejar de fumar, pero me ayuda a concentrarme; doy una calada y este se acaba; cuando estoy ocupado, casi ni lo fumo; a veces creo que solo desperdicio dinero.

 

Cuando la carne, las entrañas y los huesos están separados, los empiezo a preparar para el siguiente paso. La carne se sala y se deseca para preparar tasajo, es caro y apreciado por los clientes; las entrañas se cuecen con sal, se muelen y se venden como comida para animales: perros, gatos, cerdos, y los hace desarrollarse bien; para los huesos pude conseguir un molino eléctrico pequeño, los entierro en tierra seca para quitarles toda humedad y los pulverizo, ya listos, se tiran en algún lote baldío como cascajo. La piel siempre ha sido un problema; la mejor manera de deshacerse de ella que he encontrado es disolverla con ácido y dejarla ir por la coladera; una vez quitada es mucho menos de lo que se piensa y desaparece rápido.

 

Mientras veo las entrañas cocerse recuerdo la primera vez que sucedió.

 

Fue tan estúpido.

 

Ella solo tenía que aceptar ser mi novia. La encontré en una esquina; yo la iba a sacar de esa vida; no se tenía que reír; mis manos apretaron su cuello de más; me rasguñó; hasta que ya no se movió.

 

Me asuste. Tenía miedo de salir; alguien podía entrar y encontrarla; la desnudé y la metí en un tambo. La bañé con mucha sal de grano para que no se pudriera tan rápido.

 

El sonido del cazo en la lumbre me trajo de vuelta de mis recuerdos. Termine de preparar el caldo para los animales y lo deje reposar.

 

Tomé un trozo de tasajo que ya tenía listo; mi memoria me llevo de nuevo cuando después de unos días en el tambo, se estaba descomponiendo a pesar de la sal. La saqué, le quite la piel, las entrañas y los huesos y puse la carne a secar. Tomé todos esos restos y los fui a tirar a una tumba abierta en un cementerio cercano; aquí en Iztapalapa hay varios y nadie hace preguntas; durante la noche, el velador estaba tan ebrio que no se dio cuenta de nada.

 

A regresar, vi la carne y pensaba que hacer con ella. Mi estómago reclamó por la falta de alimento; sin pensarlo mucho, tomé un trozo grande y lo frei en la estufa. Lo sazoné con cebolla y chiles y me pareció bastante buena, quizá un poco más dulce que la carne de cerdo, pero bastante aceptable. 

 

La ofrecí a mis vecinos en un precio razonable y la vendí; me pidieron que si me llegaba más carne les avisara.

 

Necesitaba dinero, no tenía trabajo…

 

Me puse a pensar a donde conseguir producto sin levantar sospechas. Comencé con indigentes, pero la carne de los varones no es tan apreciada y sabe distinto; también me di cuenta que, a veces, sus compañeros los echaban de menos. 

 

Después iba a las centrales de autobuses buscando mujeres que llegaban buscando trabajo, las convencía de que yo las ayudaría y me las llevaba; las paseaba por la ciudad para llegar a mi casa ya entrada la noche y nadie se diera cuenta. Ya estando en mi casa, las ahorco con mis manos; probé apuñalarlas, golpearlas, pero me molesta el tener que limpiar y prefiero hacerlo en el baño, me han tocado casos que se orinan y tengo que limpiar. 

 

Durante temporadas que no encuentro estas mujeres, los antros son buenas fuentes de mercancía; y a veces, están tan borrachos o drogados que es fácil prepararlos.

 

He perdido la cuenta de cuantas han sido; llevo ya casi 12 años; al principio guardaba identificaciones, recuerdos de todas aquellas a que llegaron a mi casa; pero, me di cuenta que no valía la pena; cualquier otra cosa, dinero, joyas los uso para mis gastos. He llegado a ver alguna de las que traje aquí, en carteles de extraviada o desaparecida.

 

Nunca he escuchado voces o el demonio me manda hacerlo; simplemente, disfruto hacerlo; como quien goza con la velocidad o subirse a juegos mecánicos; no siento remordimiento porque lo veo como mi modo de vida; saludo a mis vecinos y les ayudo cuando me lo requieren; he regalado la carne, si veo muy necesitada a la persona. 

 

Voy a misa a veces.

 

Hoy he estado leyendo acerca de el feminicida de Atizapán; y creo que está loco.

 

No sabe hacer el trabajo…

 

Yo creo que mientras haya mercado, yo tendré trabajo…

 

Y si, la primera es la más difícil…

 

Le doy una calada a mi cigarro para acabarlo y me dispongo a moler la comida para mascotas…

 

 

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