Exorcismo

No es igual.

 

No es como en las películas.

 

Las películas son puras fantasías con efectos especiales y un montón de historias falsas.

 

Pero, cuando lo vives; sólo puedes reír en el cine y llorar a solas en tu casa.

 

Cada vez que cierro los ojos e intento dormir, esa mirada, inyectada se sangre, parece taladrarme una y otra vez.

 

Hasta hace unas horas , yo era acolito en una pequeña iglesia de la colonia San Bartolo Atepehuácan, al norte de la Ciudad de México.

 

Tengo una buena relación con el cura de la iglesia y debido a la sugerencia de mi madre, hice acolito de la iglesia. A los 13 años, con ganas de salir, conocer gente y complacer a tu madre, acepté el ofrecimiento y ayudaba en la parroquia; conocí muchas jovencitas que iban a la iglesia y me daba cierto estatus en la comunidad. Solía ir los sábados por la tarde para ayudar en las misas y preparar todo para el día siguiente.

 

Un sábado que llegue, encontré al padre poniendo algunos objetos religiosos en un maletín que parecía de un médico.

 

Me dijo que si le podía ayudar con un servicio especial que había solicitado un vecino de la colonia; me dijo que no le habían explicado a detalle pero que nos pagarían bien por ir a su casa a ayudar.

 

Fuimos caminando hasta el domicilio; una casona enorme se erigió frente a nosotros. La dueña de la casa salió a recibirnos; tenía sus ojos inflamados, como si hubiera llorado mucho; al entrar al jardín de acceso, pude ver a una sirvienta que tenía una bolsa negra para basura; recogía con asco cosas estaban sobre el pasto. Al mirar detenidamente pude observar que eran restos de animales; las salpicaduras de sangre llenaban el jardín por completo; pude distinguir patas de gatos y perros, sin saber con certeza cuántos animales eran; la cabeza de un gato colgaba de manera siniestra de un hilo que salía de entre las orejas, sangre aún goteaba de donde había sido arrancada; una de las cuencas estaba vacía, mientras que de la otra aún colgaba el ojo del gato. La cabeza de un perro pastor alemán estaba empalada en lo que parecía el mango de una escoba, enterrada en la tierra; le faltaba la mandíbula, mostrando una permanente sonrisa infernal. Me impresionó aún más el hecho de que no parecían cortes limpios, todos los miembros lucían como desgarrados con los dedos.

 

La mujer que nos recibió le explicó al sacerdote que su hijo no actuaba de manera normal desde hacía unos días; después de una iniciación de su equipo de fútbol.

 

Ella comentó que su hijo quería pertenecer al equipo y que sus compañeros les habían hecho una novata; los llevaron a un cementerio y les habían ordenado permanecer ahí toda la noche. Les prepararon bromas y los asustaban mientras se reían de ellos. En una de las bromas, su hijo se asustó mucho y corrió a esconderse en un mausoleo; al entrar, se tropezó y tiró una urna, las cenizas cayeron sobre él. Se golpeó la cabeza y quedó desmayado. 

 

Cuando lo trajeron a la casa, aún estaba atontado. Escuché que uno de sus amigos comentaba que el muchacho había entrado en el mausoleo de alguien que practicaba el oscurantismo y la magia negra. 

 

Desde esa noche, su comportamiento fue errático e irascible; hasta que un día, atacó a una de las sirvientas. La mujer le mostraba al sacerdote unas fotografías del daño en la sirvienta; había perdido 2 dedos de la mano derecha a la altura de la tercera falange, el desgarro provocado por los dientes del muchacho era evidente; en otra de las fotos se veían los dedos cercenados sobre una mesa, ya estaban morados por la falta de circulación; la última era de un rostro parcial que tenía huellas de sangre alrededor de la boca, coágulos y costras se arremolinaban en los dientes.

 

La madre explicó que ya lo habían visto médicos y psicólogos y no entendían lo qué le sucedía; estaba medicado con tranquilizantes; pero, tenían poco efecto y los ataques de violencia se hacían más frecuentes; una tía anciana sugirió la visita de un sacerdote para descartar una posesión debido al contacto con aquellas cenizas.

 

Su familia eran escépticos a todo eso; pero, estaban desesperados y necesitaban una solución.

 

Nos pusimos nuestras ropas sacras y nos llevaron a la habitación donde se encontraba el muchacho.

 

Al entrar, el hedor a excremento y orines me hizo voltear. Las paredes estaban llenas de heces, como si las hubieran arrojado intencionalmente; largas manchas amarillas moteaban la alfombra, algunas parecían aún húmedas. El muchacho estaba amarrado del cuello con un candado a una cadena que me recordó a la cadena de un perro y se sujetaba a una argolla en la pared, en una trabajo de albañilería que lucía como hecho a toda prisa.

 

El muchacho se quedó quieto hasta que estábamos en medio de la habitación; de repente, se lanzó hacia nosotros cómo un animal salvaje; la cadena impidió que nos alcanzara; pero él hacía lo posible por llegar hasta nosotros. Sus ojos se desorbitaban por el esfuerzo y se inyectaban de sangre por la presión que ejercía el collar en su cuello; llagas purulentas y abiertas se vislumbraban en su barbilla; tenía el pelo muy largo, sucio e hirsuto; las uñas, también largas, mostraban signos de estar rotas por arañar muebles y así mismo.

 

Después de un rato, se cansó y se quedó sentado, la madre traía un palo largo para controlarlo en caso necesario; el muchacho levantó los ojos y miró directamente al cura.

 

“Eres el próximo “- fue lo único que  pronunció el muchacho; lo dijo en hebreo.

 

Al terminar, se comenzó a convulsionar; la espalda se curvó hacia atrás en un movimiento imposible para un humano; el sonido de las vértebras rompiéndose era indescriptible; sus ojos se desorbitaban por el dolor y el esfuerzo. Su cabeza quedó completamente pegada a su entrepierna en una posición dantesca. Al terminar, lanzó un alarido animal que retumbó en toda la casa; sus ojos se voltearon hacia arriba mientras su quijada se dislocaba en un grito interminable.

 

Lo vi caer y quedarse inmóvil; la madre y yo nos echamos hacia atrás en un movimiento reflejo de defensa; el sacerdote se quedó quieto, con la mirada fija, como si estuviera en trance. Le toque el hombro para llamar su atención; él volteó la cabeza lentamente, sus ojos estaban cubiertos con una fina tela semi transparente, su mirada se perdía, veía sin ver.

 

Salimos de ahí y nunca más volvimos a saber de esa familia.

 

Seguí yendo a apoyar cómo acolito, pero por poco tiempo. El padre cambio de actitud radicalmente. Empezó a beber y las quejas por acoso las mujeres de la feligresía se incrementaron.

 

Me aleje y después supe que lo habían cambiado de parroquia.

 

Las pesadillas que tengo al recordar aquel día, las he podido controlar con el tiempo y terapia.

 

Hoy en el cine, veía una película sobre un exorcismo y he tenido un ataque de risa.

 

No se si por nervios o cómo un método de defensa.

 

Solo se  que  quien hace las películas no tiene ni idea de lo  que es eso.

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