La niña de la estación Aeropuerto.
Siento que me sofoco.
Ya no puedo respirar.
Pero tengo que seguir corriendo.
Aún no puedo creer lo que acabo de ver.
Había oído muchas historias; pero no imaginaba que sería testigo de una de ellas.
Mientras corro, recuerdo aquella leyenda que me contó una amiga de la universidad que vivía cerca de aquí. Ella evitaba a toda costa el llegar a su casa en el metro después de las 10 de la noche. La estación Aeropuerto tenía una de las más aterradoras leyendas que se contaban en la Ciudad de México.
Aquella amiga me decía que a finales de los años 60, una pareja decidió casarse y vivir en el norte de la ciudad y tuvieron una hija. Pasados 10 años, el marido fue infiel y la pareja se separó. La separación fue muy difícil para toda la familia. La esposa se mudó con su hija a una modesta vivienda cerca del metro Aeropuerto. Ella trabajaba, recogía a su hija de casa de sus padres y llegaban en metro a su nueva vivienda.
Cierta ocasión, la esposa y la niña se bajaron del vagón y la niña le pidió que le ayudara con una agujeta que se había desabrochado y estaba cargando una pelota. El tren del metro se estaba yendo y la mujer terminaba de atar el zapato de la niña. De uno de los accesos, apareció el marido empuñando un revólver. La mujer volteó hacia el marido al momento del disparo. Un tercer ojo nació en la frente de la mujer; mientras la nuca había desaparecido por el impacto de la bala expansiva. Sangre y materia gris dibujaron macabras formas en la pared de la estación.
La mujer empujó a la niña tratando de alejarla del peligro. La pequeña perdió el equilibrio y cayó a las vías del tren en el momento que llegaba el convoy. Un concierto de huesos crujientes llenaron la estación cuando el metro pasó por encima de la pequeña. El marido, al ver lo que había sucedido con su hija, volteó el cañón del arma hacia su cara y jaló el gatillo. Sus ojos, vieron el destello, pero ya no escuchó la detonación. La bala entró por el pómulo derecho haciendo que la explosión de la expansiva arrasara con la mitad de su rostro, dejando tan sólo una masa amorfa de huesos, piel y carne; estaba muerto cuando llegó al suelo. Al impactar en el piso, la sangre y la materia cerebral dibujaron un halo infernal alrededor de lo que quedaba de su cabeza.
La pelota de la pequeña se movía sin prisa en el andén.
Al recuperar el cuerpo de la niña, se dieron cuenta que había caído perpendicular a las vías y el tren la había decapitado y le había cercenado las piernas.
La pelota seguía moviéndose sin prisa en el andén.
A partir de entonces, se dice que la niña se aparece, buscando con quien jugar o a quien llevarse con ella. Se cuenta que niños pequeños se han perdido en la estación sin dejar ningún rastro; o personas mayores que son encontradas muertas, con un rictus de terror en el rostro.
Mi amiga me decía que no creía en leyendas o cuentos de fantasmas o aparecidos; pero algo sucedió que cambió su manera de pensar.
Una noche, cuando regresaba a su casa de la universidad; se bajo en la estación Aeropuerto. Eran cerca de las 11 de la noche y ella se encontraba sola en la estación. Caminó a la salida; ni el guardia se encontraba a la vista. En uno de los pasillos de la estación, le pareció escuchar una risa infantil que no parecía venir de un lugar en específico. Ella siguió caminando, pero un escalofrío le recorrió toda la espalda. A mitad del pasillo, pudo ver una infantil silueta que se vislumbraba al final. Sin saber cómo, una pequeña estaba junto a ella. Mi amiga estaba petrificada; la niña con un rostro angelical, le pidió que le atara sus zapatos porque ella no podía ya que estaba cargando su pelota. Cuando ella volteó hacia abajo, un grito se ahogó en su garganta al descubrir que la pequeña no tenía pies; sólo dos muñones sangrantes flotaban en el aire. El alarido solo pudo salir cuando descubrió que ya no estaba la pelota en sus brazos; en su lugar, se encontraba la cabeza de la niña y del muñón del cuello, brotaban gusanos y despedía un olor fétido. El rostro de la cabeza estaba en estado de putrefacción y se vislumbraba un gesto de dolor y terror infinito.
La pelota se movía sin prisa en el andén.
Ella comenzó a correr hacia la salida, mientras una carcajada siniestra llenaba toda la estación.
Después de eso, le tomó mucho tiempo volver a usar el metro y muchos años después, no se atreve a entrar a la estación Aeropuerto de noche.
Siempre he sido escéptico. No creo en eso. No creo en fantasmas o aparecidos.
Pero hoy he llegado a la estación Aeropuerto.
Son las 11:07 de la noche.
El andén está desierto.
Camino hacia la salida; mientras de la nada, las luces parpadean. A lo lejos, el botar de una pelota se escucha, acercándose. Al entrar al pasillo, una risa infantil suena a mi espalda y siento un golpe de adrenalina, provocando que mi corazón lata desesperadamente. Acelero el paso, tratando de alcanzar la salida. De repente, freno en seco al ver una pequeña silueta que se comienza a formar; parece flotar en el aire y su rostro denota una expresión demoníaca, en su sonrisa infernal y unos ojos tan negros que reflejan maldad pura.
Corro buscando la salida mientras una carcajada infernal me hiela la sangre.
Siento que me sofoco.
Ya no puedo respirar.
Pero tengo que seguir corriendo.
Aún no puedo creer lo que acabo de ver.
Salgo de la estación y sigo corriendo.
A una cuadra de ahí, caigo extenuado. Me siento a la orilla de la banqueta. Vomito por el esfuerzo y comienzo a llorar, sin importarme qué la gente me voltee a ver.
Y se que yo me salve por muy poco
Veo a alguien acercarse a la estación.
Quizá aquel que está entrando no tenga la misma suerte…
Comentarios
Publicar un comentario