2 de Octubre…
No sé si fue el alcohol, la marihuana, los hongos, el tabaco, la desvelada, el miedo, la realidad; lo que se es que no puedo dormir tranquilo desde entonces.
Pongo esto en papel para ayudarme a recordar en mi terapia con el psiquiatra; evitar que me vuelva loco.
Después del segundo intento de suicidio, mi familia decidió mandarme a este hospital psiquiátrico; no entiendo cómo pude haber fallado; pero, los recuerdos llegaron de repente; estaba aterrado; aún resuenan mis gritos en mi cabeza al ver la sangre.
Varias noches a medio dormir; despertar sudando y respirando agitadamente mientras las imágenes permanecían frescas en mi cabeza; mi llanto desesperado, golpeándome las sienes con los puños tratando de alejarlas, de escapar de ellas.
La última noche fue la peor, desperté gritando, el miedo, las imágenes, los rostros habían sido tan vívidos que me oriné en la cama.
Corrí al baño, buscando lo que yo creía que aliviaría mi desesperación y mi terror. Revolví el baño en busca de lo que me aliviaría; botellas, pastillas, jabones; nada que me pudiera cortar mi sufrimiento.
Salí a la cocina a buscar un cuchillo, eso me ayudaría. Tropecé con el escritorio y, ahí encima lo encontré; una afilada navaja para papel me podría servir.
Veía aquel objeto con devoción, como el drogadicto ve una dosis que le apaciguaría; caminé hacia el baño con el reluciente artefacto, lo sostenía en mis manos como una reliquia religiosa, una pieza sagrada.
Me senté en el piso del baño, con terror infinito, puse la punta brillante en el nacimiento de mi mano, en mi muñeca; me dio miedo, cerré los ojos; no me atrevía; pero, al tener los ojos cerrados, las imágenes regresaron, mas vividas , mas papables, mas cercanas; grité con horror; mi mano enterró la punta en la carne e hizo un corte largo hacia en codo por la parte interna del brazo; no dude en hacerlo una vez más con el otro brazo. De inmediato, sentí frío; la sangre salía a borbotones por ambos cortes. Volteé la cara para evitar el espectáculo; y me desmayé.
No se cuanto tiempo pasó; al abrir los ojos, mire al piso; un gran charco color carmín inundaba el piso; mis pies, mis manos, mi cuerpo, chapoteaban en aquel líquido viscoso que llenaba mis pesadillas.
Mis gritos se oían desde muy lejos; varios minutos estuve aullando, revolcándome en mi sangre. Mis vecinos entraron a mi casa y pude ver sus rostros, llenos de asco, horror y lástima; volví a perder el sentido.
Desperté atado a una cama de hospital, conectado a tubos y vendado hasta los codos. Muchas semanas fueron las que estuve aislado y bajo observación por peligro de volverlo a intentar.
Médicos, psiquiatras me entrevistaron, me estudiaron; me trataban de curar, de entender.
Hoy estoy en terapia grupal, para exorcizar mis recuerdos y yo mismo entender lo que me sucedió.
El papel no ha sido de gran ayuda; dibujos, rayones, imágenes que, más que aliviar, despiertan los demonios que las pastillas para dormir esconden.
Inicio mi remembranza, bajo los efectos de varios tranquilizantes, pues cuando trato de recordar en mis 5 sentidos, termino no gritando por ayuda.
Era la madrugada del 2 de octubre. Estaba con algunos amigos en la casa de uno de ellos. Nos preparábamos para el mitin del día siguiente en el zócalo de la Ciudad de México. Hacíamos pancartas; armábamos mochilas con pintura en spray, palos y piedras para defendernos de policías y cualquiera que se nos enfrentara. Tomábamos cerveza y licor mientras fumábamos tabaco y marihuana; en un momento, alguno habló de hongos alucinógenos, nos los mostró y preparó té con ellos; no sentí nada en ese momento.
Vi mi reloj y les dije que ya me iba y que me reuniría con ellos al día siguiente; establecimos la hora y salí de ahí.
Mi casa está cerca y decidí irme caminando. Tenía que atravesar la plaza de las 3 culturas para llegar más rápido.
Al llegar a la plancha de la plaza, se hizo un silencio extraño; como si el tiempo se hubiera detenido. Vi la hora en mi reloj, 03:15 de la madrugada.
Cuando estaba en medio de las 3 culturas, una voz a mi lado me pidió ayuda. Volteé y vi a alguien caminando hacia a mi, cargando a una muchacha que se agarraba el estómago. Al estar cerca, un olor acre a fierro, llenó el ambiente. Mis ojos se desorbitaron al ver que la muchacha trataba de mantener sus intestinos en su lugar, un corte de lado a lado en su vientre era muy evidente. Di un paso hacia atrás, alejándome; mi talón piso algo en el suelo, los dedos de una mano crujieron; al ver más de cerca, distinguí un cuerpo que tenía un agujero en la cabeza de donde manaba sangre. Mi horror iba en aumento. Muchas siluetas se dibujaban en las sombras de la plaza; cuerpos mutilados se materializaban en el piso. Tropecé y caí, algo viscoso se pegó en las palmas de mis manos. Los entes caminaban a mi lado, gritos me llenaban la cabeza, pero nadie más que yo podía escuchar. Estando de rodillas; los cuerpos, las siluetas, parecían ir por mi; me levanté y traté de escapar. A cada paso, un ente se atravesaba en mi camino; podía ver personas con disparos en el cuerpo, en la cabeza; miembros mutilados diseminados en el piso; gritos agónicos taladraban mi cerebro; todo estaba ahí; no podía correr, no podía escapar; caí de rodillas otra vez, gritando y vociferando.
Así como llegaron, desaparecieron; llegué a mi casa y me encerré. Entré a mi cuarto y en cuanto cerraba los ojos, las imágenes y los gritos retumbaban en mi cabeza.
Hoy estoy aquí. Voy a salir de este lugar. Necesito salir. Yo se que ellos me seguirán persiguiendo. Tengo que acabar con esto.
Ya se como.
Si quiero callar las voces, tengo que abrir mi cabeza y sacarlas.
Hay una estación del metro cerca de aquí.
Eso me ayudará a abrir mi cabeza y sacarlos para estar en paz.
un buen relato de lo que sucedio sin meterte en polemicas politicas
ResponderBorrarGracias Fer. Un abrazo.
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