El paramédico
Es algo a lo que me he acostumbrado.
El trabajo de paramédico es extenuante y lleva a muchos a la locura y la desazón.
Comencé cuando tenía 24 años al terminar mi carrera; me matriculé en la cruz roja en los cursos especializados, con la firme esperanza de obtener una de las limitadas plazas que se otorgan cada año; las plazas se abren por retiro, renuncia y ascenso.
Al empezar el trabajo, era yo camillero auxiliar y apoyaba a quien era el camillero en jefe y dirigía la operación en una situación de rescate. Cada vez que había una emergencia, tuve la suerte de atender casos relativamente fáciles y que no implicaban mucha experiencia. El compañero que tuve al principio, compartía su experiencia de manera manera natural; aprendí mucho de él.
Todo cambio cuando, al año de estar en servicio, me mandaron al turno nocturno; entonces, todo fue muy extraño.
Nos mandaron a un accidente de motocicleta que involucraba a un herido grave. Era noche festiva y solo estábamos el chofer de la ambulancia y yo. Al llegar al lugar del incidente, había mucha gente rodeando al accidentado. El muchacho manejaba a exceso de velocidad, perdió el control de la unidad y se estrelló contra un camión de carga que se encontraba estacionado en una calle obscura. La motocicleta estaba destruida; el muchacho tenía las 2 piernas con fracturas expuestas; al tallar las manos en el asfalto, varios dedos de las manos se habían perdido; el casco había recibido un impacto directo y se partió en 3 pedazos, protegió la cabeza, pero aún así, el golpe había inflamado el cerebro.
Subimos al muchacho moribundo en la parte trasera de la ambulancia. Le puse un suero y traté de mantenerlo con vida hasta llegar al hospital. El chofer prendió la sirena y se movía ágil por las calles. En un momento, el muchacho expiró; le avisé a mi compañero, apagó la sirena y cambió de rumbo al servicio forense. Encendió un porro de marihuana; el humo invadió la unidad.
Estaba yo sentado en la camilla contigua al fallecido.
Volteé mi cabeza y junto a mi, el muchacho veía el cuerpo con tristeza. No decía nada, sólo tenía la mirada fija en ese punto. Sentí temor de verlo ahí, pero no tenía a donde ir; mi garganta se cerró y no pude gritar. Me miro con infinita desolación. Una lágrima apareció en su rostro, mostrando la infelicidad de sueños que no se cumplirían. Me dijo que su teléfono estaba en la bolsa interior de su chamarra, que por favor hablara a su familia, no quería terminar en la fosa común; y que cerrara sus ojos, ya que el no podía.
Todo el temor que sentía se esfumó; baje sus párpados mientras me miraba; musitó un gracia. La ambulancia dio un brinco por un bache cuando vi, él ya no estaba.
Al llegar, hablé a su familia y entregué todas sus pertenencias. Le comenté a mi compañero mi encuentro con el muchacho. Contestó que ese trabajo era extraño y solían suceder cosas que no se podían explicar; por eso él fumaba marihuana, para creer que era el efecto de ello.
Trataba de darle una explicación lógica, mi cerebro no procesaba esa información.
Otra ocasión, recogimos el cuerpo de una joven que había sido asesinada y tirada en un lote baldío. El cuerpo estaba en descomposición y era difícil de identificar. Al estar con la bolsa de cadáveres en la parte posterior de la camioneta y el humo del porro inundar el compartimento, la vi junto a mi; joven, bonita, furiosa; sólo miraba la bolsa. Sin voltear, me dijo que tenía un pequeño escondite en un bolsillo interno de su pantalón con algo de dinero y un papel con su nombre, dirección y teléfono para casos de emergencia; me pidió contactar a su familia para que reclamasen el cuerpo. Me atreví a preguntarle si sabía quien lo había hecho. Me lanzó una mirada llena de odio y dijo que ella se encargaría.
A los pocos días, vi la foto de la chica en el periódico; la nota decía que su tío se había tratado de suicidar; se estaba volviendo loco; gritaba que ella lo perseguía por lo que había hecho.
Otra ocasión, recogimos el cuerpo de un anciano que había muerto de frío en la calle. El cuerpo tenía una rictus en el rostro de paz y tranquilidad.
El viaje en la parte trasera era monótono, y el aroma del porro llegó rápido.
No esperé mucho. El anciano estaba junto a mi. Tenía una gran sonrisa en la cara. Dijo que ya era hora, que estaba satisfecho con todo lo que había hecho y conocido; que ese cuerpo le había servido bien y era hora de irse. Me vió con su sonrisa y me dijo que me deseaba que tuviera una vida tan o más satisfactoria que la de él y sólo se fue ante mis ojos.
Han sido tantas las historias que he visto en la parte trasera de aquella ambulancia. A veces me toca ayudar en este mundo, otras solo escuchar al que se va.
No se si sea un don o una maldición; pero, he aprendido a vivir con ello.
Hay quien necesita una mano; aún ya no estando en este mundo.
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