La Niña
Cómo un sueño que regresa…
Cómo una pesadilla que se vuelve realidad…
Cómo un miedo infantil saliendo de debajo de la cama…
La foto en aquel periódico amarillista trajo el recuerdo de un suceso, intentado ser olvidado con litros interminables de alcohol y kilos interminables de tabaco.
Noches de juventud, en las que despertaba gritando, mientras sudaba y trataba de eliminar las visiones que habían regresado.
Ella, pequeña; con su mirada dirigida a la cámara de un reportero, perdiéndose en una multitud de curiosos que estorbaban a la policía; forenses, con guantes manchados de sangre, subiendo bolsas negras y un pie de foto explicando que aquellos bultos contenían restos humanos; pero, que por su tamaño, más parecían contener solo pedazos de carne.
Esos ojos taladraban mi cerebro, parecían verme solo a mi; amenazando que sufriría la misma suerte si hablaba; pero, aún si hablara, terminaría medicado y encerrado en un cuarto acolchonado, como alguna vez ya estuve.
Arrugue el trozo de papel, lo arrojé lejos de mi, lo quemé, lo pisé, destruyéndole por completo y no logré apartar esa mirada de mis recuerdos.
Necesitaba exorcizar de alguna manera esas memorias que me enloquecen y no me han permitido vivir.
Un sorbo largo a la botella de licor barato quemó mi garganta, pretendía embrutecerme y nublar aquello que me carcome y nunca nadie me ha creído.
La imagen de la iglesia de la “Magdalena de las Salinas” vino de regreso; su largo atrio y su construcción colonial, la hacían parecer un lugar de paz y recogimiento.
Hace ya muchos años, fui monaguillo y ayudante de un anciano cura quien siempre hablaba de un secreto que guardaba el altar. Yo creía que eran ideas e imaginaciones de un hombre senil que su vida pasó recluido entre 4 paredes mohosas.
Cientos de veces, me platicó una historia acerca de un demonio que el había encerrado en una urna de oro; un demonio que se alimentaba de sangre y que había matado mucha gente.
Farfullaba que el demonio tomaba una forma que daba confianza a sus víctimas y eso permitía asesinarlas.
Nunca creí esas historias; leyendas de ignorantes para explicar lo que no se podía entender; pero, no sabía lo equivocado que estaba.
Un sábado, estaba yo limpiando las imágenes y preparando todo para el día siguiente; la noche llegó rápido o yo perdí la noción del tiempo.
2 hombres llegaron mientras la iglesia estaba sola. Yo les dije que ya estaba cerrado el recinto y tendrían que venir al día siguiente. La navaja de uno de ellos lastimó mi garganta; él dijo que no me moviera. El otro fue por el sacerdote.
El que estaba conmigo dijo que sólo venían por la reliquia y se irían.
El sacerdote mascullaba que lo que buscaban estaba maldito y no se lo podían llevar. Uno de ellos dijo que nos matarían si no se lo daba.
El sacerdote señaló un azulejo en el suelo del altar; fueron hacia allá, mientras yo era amarrado y arrojado al suelo.
Oí un grito desgarrador y vi al sacerdote caer al suelo, agarrándose el estómago; un charco de sangre crecía bajo aquel viejo; poco a poco, su cuerpo quedó inmóvil y su mirada perdida en un punto indeterminado.
Golpes de martillo se escucharon; cuando cesaron, pude ver que los hombres ponían una vieja caja de madera sobre el altar.
Al romper el candado y abrirla, sacaron una urna de oro sólido; sus risas de satisfacción no se hicieron esperar.
La abrieron para poder vaciarla y sacar el contenido.
Lo que vi a continuación es algo que nadie me ha creído.
La luz desapareció por completo; la noche se hizo totalmente negra. Una silueta sin forma apareció de la nada, apenas iluminada por un tenue rayo de Luna que entraba.
Uno de los hombres lanzó un grito agónico cuando una de las manos de eso se hundía en su pecho. El otro no alcanzó a gritar, unos largos dientes se hundieron en su garganta desgarrándola.
Ese demonio masticaba y desgarraba los cuerpos como un animal hambriento. La sangre brotaba de los desgarres haciendo rios escarlata que resbalaban de los escalones del altar.
El crujir de los huesos humanos en aquellas mandíbulas infernales sigue haciendo eco en mis oídos mucho años después.
Desde el suelo, pude ver esa carnicería; pudiendo solo cerrar los ojos al no poder moverme.
Perdí la noción del tiempo, de momento todo calló; me atreví a ver y la mirada de una niña estaba clavada en mi; una niña que tenía sus ropas ensangrentadas y sonreía demoniacamente, mostrando unos colmillos rebosantes de sangre.
Creí que era mi fin y, ahora pienso que quizá hubiera sido mejor.
Años encerrado por contar lo que vi; noches en vela por recordar; litros de alcohol para olvidar.
Hoy, al ver esa fotografía; esa niña, perdida en la multitud de la Ciudad de México; ese demonio escondido en el bullicio de la urbe, seguirá con hambre; seguirá buscando su próximo alimento.
Ahora se que puede estar en cualquier lugar y que cualquiera, quizás hasta yo, pueda ser el siguiente.
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