La aplicación

 Me siento estúpido por la forma en que me metí en este lío; la pistola sigue humeando mientras lo miro a los ojos, la vida se le escapa; es como ver una vela, consumiendo lo último que queda de parafina. No lo conocía, sólo lo tenía que matar.

 

Entré a la aplicación y en mensajes directos escribí que el encargo estaba cumplido; me contestaron con un emoji de sonrisa, el saldo bajó una tercera parte; pude notar que en mi celular se había detectado mi ubicación en tiempo real; sabían donde estaba.

 

Comencé a salir de aquella oficina en el Centro Histórico de la CDMX; volteé a ver el encargo, el tipo tirado en el suelo en una posición antinatural, rastros de masa encefálica estaban desperdigados en los muebles y pared; mientras, un charco de sangre se formaba debajo del cuerpo. Era la primera vez que hacía algo así, pero no podía darme el lujo de ir a la cárcel; haría lo que fuera para evitarlo.

 

Salí del edificio, el ruido del desfile militar acallaba cualquier estruendo. Caminé despacio, sin llamar la atención; nadie me veía, ni me prestaba atención; pero yo sentía que todas las miradas se centraban en mi.

 

Subí al metro, tratando de perderme en la multitud. Caminando, recordaba cómo me había metido en ese lío.

 

Aquella mujer que conocí por internet, la manera que me envolvió y cómo gastaba cantidades que no tenía; cientos de miles en regalos, restaurantes, viajes; y descubrir que yo no era el único. La manera tan cínica con que me botó cuando la confronté y como me humilló al reírse de cuan incauto había sido.

 

Al final, estaba hasta el cuello de deudas, tarjetas de crédito amenazando con demandas, embargos a punto de cumplirse, rescisión de la hipoteca y la pérdida del inmueble, recuperación de vehículos que ya no tenía; necesitaba un respiro para poder pensar con claridad y encontrar una solución. Aquella aplicación apareció en mi perfil de Facebook; prometiendo solución a dificultades financieras, sin preguntas; sólo llenando el formulario, especificar la cantidad y esperar respuesta en unos minutos.

 

Al terminar de llenar el formulario, apareció un mensaje que decía “espere respuesta en menos de 24 horas”. La respuesta llegó más rápido de lo esperado; aquella cifra de 6 ceros que solicité, apareció mágicamente en mi cuenta bancaria. Las mensualidades eran obscenamente altas, pero mi urgencia de salir librado era más grande que mi sentido común. Se acordó el pago a 5 años con la tasa de interés variable y llegó a mi correo un contrato de cientos de páginas que no me tomé la molestia de leer.

 

Los primeros 3 meses, pude pagar la mensualidad apretadamente; el cuarto mes, me atrasé; el quinto y sexto mes, ni siquiera pagué. Leí que habían descubierto una red de financieras que estafaban por aplicaciones y que las habían destruido; pensé que yo estaba entre los afortunados que no iban a pagar esa deuda y respiré aliviado; hasta que recibí la llamada.

 

Estaba en mi casa, cuando sonó mi teléfono; una melodiosa voz femenina me dijo que me esa llamada era para saldar un adeudo que tenía y que ya eran varios meses sin pago. Me invitaba a una reunión para acordar los términos de cómo se pagaría la deuda. 

 

Llegué a una oficina en la Colonia Tabacalera de la CDMX, en un edificio que rentaba oficinas por día, por semana o por mes. El lugar estaba vacío, sólo un escritorio, con una silla tras el escritorio y 2 frente a él; sentada detrás del escritorio, una mujer de unos 30 y pocos años, revisaba unos datos en una computadora portátil. Con una sonrisa, me invitó a sentarme; me dijo que la situación era complicada, pero que la deuda tenía que saldarse; la amenaze diciéndole que no pagaría y que no podían obligarme; sin perder la sonrisa, volteó la pantalla de la portátil y me mostró evidencia de que estaba teniendo un amorío con una menor de edad y con la esposa de mi jefe; correos, capturas de pantalla y depósitos que demostraban que yo había defraudado a la empresa donde trabajaba; me explicó que si no salíamos en ese momento con un acuerdo, toda la información llegaría a mi jefe, la policía, las redes sociales y mis contactos; ellos tenían acceso a todos mis dispositivos cuando llené el formulario; me comentó que esa posibilidad estaría latente hasta que la deuda quedara saldada.

 

La insinuación de que acabaría en la cárcel, me derrumbó; le dije que vendería todo con tal de pagarles; su sonrisa se hizo más amplia y dijo que ya no necesitaban dinero, que pronto recibiría instrucciones de cómo empezar a pagar. Solo se levantó y dio por terminada la reunión.

 

Salí de ahí, desesperado; no sabía que querían. Casi no dormía; soñaba que me quitaban los órganos para pagar; la zozobra era interminable.

 

Ya había pasado un mes de aquella reunión, cuando llegó a mi correo un email que tenía por asunto “pendiente” y el cuerpo sólo decía “Central de Autobuses del Norte; paquetería; casilla 28 a tu nombre”. 

 

Llegué a la central, fui a la paquetería, di mi nombre y me entregaron una llave. Me dirigí a la casilla 28; solo había un sobre amarillo tamaño carta bien sellado; lo tomé, devolví la llave y regresé a mi departamento.

 

Al llegar, abrí el sobre; sólo contenía 2 hojas de papel: en una la fotografía de una mujer impresa a color, en la otra una dirección, un horario y la palabra “eliminar”. No entendía que tenía que hacer. Al otro día, llegó a mi correo un email que decía “revisar” y solo contenía una liga a un video de YouTube. El video “Extraños en un tren” era sobre 2 desconocidos que acuerdan matar al cónyuge del otro; entonces entendí lo que querían. Me hice el tonto 2 días; al tercero, llegó otro correo “el paquete se entregará en 24 horas”.

 

Sabía que no tenía escapatoria. Al día siguiente, muy temprano, fui a la dirección en la hoja. Esperé hasta que vi que la mujer de la hoja salió.

 

La seguí y se metió a una estación del metro; no la perdí de vista; iba a cambiar de línea en la estación Hidalgo, estaba muy lleno y ella consiguió ponerse en la parte más cercana a las vías. De pronto, 2 tipos comenzaron a pelear, se acusaban mutuamente de robo. La gente les hizo espacio, lo que apretó aún más a la multitud. El convoy ya se acercaba; aproveché que llegaba más gente y empujé a la multitud detrás de ella. La mujer perdió el equilibrio en el momento que el tren pasaba. Gritos de la gente alrededor, el chirrido de los frenos y los gritos de ella se fundieron en un solo sonido macabro. La muchedumbre dio paso a los guardias que corroboraron que la mujer había fallecido. 

 

Salí de ahí, sin despertar sospechas. Llegó un mensaje a mi celular: “checar saldo”. Abrí la aplicación del préstamo; una parte de la deuda había desaparecido.

 

No sólo ha sido uno.

 

De tiempo en tiempo, me llega el correo con el siguiente trabajo.

 

No se si me estoy deshumanizando o me estoy acostumbrando.

 

Hay quien dirá que soy cobarde; pero, prefiero hacer esto que acabar en la cárcel.

 

Ya me deben faltar pocos encargos.

 

Quizá necesite pedir otro préstamo…

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